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Tres reflexiones... Socialismo Real: lo que pudo ser y no fue; Cerrar el paréntesis; El Socialismo del futuro.

Socialismo Siglo XXI: un camino, no un destino

Jorge Gómez Barata *
Altercom*
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“El trauma
que en la izquierda provocó la derrota del modelo socialista
eurosoviético, el auge del neoliberalismo y la pretensión de los países
imperiales encabezados por Estados Unidos, que intenta aprovechar la
globalización, relanza la idea de un movimiento de izquierda plural, que
avance con la riqueza y la diversidad que emana de las diferentes
enfoques y proyectos nacionales para confluir en una zona común, donde
tiene lugar la confrontación con la hegemonía imperial y sus nefastas
consecuencias...” |
15 de octubre de 2007
I
SOCIALISMO REAL: LO QUE PUDO SER Y NO FUE
Antes que un
programa político y una forma de gobierno, el Socialismo fue una audaz
aventura del pensamiento. Una corriente ideológica alternativa al
predominio de la doctrina liberal, surgida de la crítica al capitalismo
salvaje desde los círculos de la intelectualidad europea avanzada.
A diferencia del Liberalismo y de otras
grandes corrientes, en las cuales las reflexiones teóricas marcharon a
la zaga de los fenómenos que las generaron, en este caso las relaciones
mercantiles, las ideas socialistas fueron construcciones teóricas que
precedieron a la sociedad socialista, la anticiparon, la anunciaron y
la defendieron cuando todavía no existía.
Casi nunca se recuerda que en el siglo
XIX cuando al capitalismo se sumaron las máquinas de la revolución
industrial, hubo una expansión explosiva de la producción y un inaudito
afán de ganancias. Los capitalistas que necesitaban masas de
trabajadores asalariados los reclutaron entre los campesinos, mujeres y
niños que en mugrientas fábricas y talleres, en extenuantes jornadas de
trabajo, creaban enormes masas de mercancías y de dinero.
Comprometidos con el “laissez-faire”
(dejar hacer) esencia del liberalismo económico, los Estados de
entonces ampararon el comportamiento salvaje del capital, que hizo
insoportable la vida de la clase obrera y sumamente impopular al
capitalismo.
En una época en que no existían
sindicatos ni partidos políticos, descolló una generación de
intelectuales que, por cuenta propia, asumieron la critica ilustrada
del régimen de producción vigente, entre ellos Carlos Marx, cuyos
estudios no sólo ofrecieron una explicación científica a aquellos
fenómenos, sino que avizoraron una solución al anunciar que, al ser
portador de los gérmenes de su propia destrucción, el capitalismo era
perecedero.
Uno de los grandes descubrimientos de
entonces fue que el capitalismo no podía crecer sin hacer crecer e
ilustrar a la clase obrera y que los trabajadores, no podían liberarse
sin liberar a toda la sociedad.
Sin contar con medios de propaganda ni
dinero y enfrentando a la reacción europea, Marx y el Socialismo se
hicieron inmensamente populares.
La intelectualidad progresista de
entonces y los lideres obreros que surgían eran todos socialistas,
incluso el más brillante de todos los papas, León XIII, percatándose de
la grandeza del momentos histórico y del significado que la desmedida
explotación podía tener, escribió la más importante de las encíclicas
sociales de la Iglesia: «Rerum Novarum», (de las
cosas nuevas), en la cual reconoció la pertinencia del socialismo, dio
la razón a Marx e instó al capitalismo a moderarse.
Carlos Marx fue más lejos todavía y, al
fundamentar científicamente que el capitalismo, con todo y su derroche
de crueldad, era una etapa imprescindible del desarrollo histórico, por
cierto la más floreciente que había conocido el género humano, se hizo
popular también entre los burgueses, en particular en los países más
atrasados, para los cuales, como ocurría en Rusia, el desarrollo
capitalista era una asignatura pendiente.
Eso explica que rápidamente «El Capital» fuera traducido a todas las lenguas europeas y al inglés y sustancia la afirmación de Antonio Gramsci acerca de que en Rusia, «El Capital», antes que un libro de los trabajadores fue un libro de la burguesía.
El socialismo era entonces la gran
esperanza a tal punto que, aprovechando aquel clima ideológico y las
condiciones objetivas creadas por la Primera Guerra Mundial, Lenin,
Trotski y la vanguardia bolchevique, desplazaron del poder al gobierno
provisional, creado tras la caída del zar y en la más audaz de todas las
acciones políticas de la modernidad, en nombre de la clase obrera,
tomaron el poder político en la sexta parte de la Tierra.
Tres circunstancias casi imposibles de
vencer conspiraron contra el triunfo de aquella experiencia que dejó
perpleja a la burguesía mundial: la contrarrevolución y la intervención
extranjera, la muerte de Lenin y la inconsecuencia de los militantes
revolucionarios personificada en Stalin.
No obstante, el socialismo era tan justo
y pertinente que sobrevivió a todo aquello y apenas veinte años
después, lo que había sido el bárbaro imperio de los zares, convertida
en la Unión Soviética, enfrentó a la maquinaria bélica alemana que había
puesto de rodillas a la Europa capitalista, humillado a la orgullosa
Francia haciéndola capitular y ocupándola y puso a Inglaterra al borde
del colapso.
Franklin D. Roosevelt, el más competente
de todos los políticos norteamericanos, comprendió que sin aquella
fuerza formidable no era posible derrotar al fascismo y pactó con
Stalin.
La muerte de Stalin en 1953 y la honesta
y lúcida determinación con que el XX Congreso del Partido Comunista de
la Unión Soviética criticó sus errores, ofrecieron una oportunidad para
la rectificación, cosa que la burocracia instalada en el Kremlin y en el
partido no permitió.
En el escenario aparecieron fenómenos
nuevos, entre ellos el movimiento de liberación nacional, el hundimiento
del sistema colonial del imperialismo y el crecimiento del nacionalismo
afroasiático con fuertes tendencias socialistas y sobre todo la
Revolución Cubana, procesos que en conjunto, al prestigiar el socialismo
de hecho, aplazaron la debacle.
Nikita Kruschov, Secretario General del
PCUS entre 1953 y 1964, cumplió su papel al denunciar a Stalin e
intentar cambios al interior del país y en la política exterior, que de
cierto modo, relanzaron el socialismo, proceso frustrado con la llegada
al poder de Leonid Brezhnev, que si bien acompañó las mutaciones
originadas por el debut en Europa de una generación de políticos jóvenes
y pragmáticos y asimiló las primeras maniobras norteamericanas
relacionadas con el control de armas, sumió a la Unión Soviética en el
más rotundo inmovilismo.
En realidad, culpar a Stalin del
desastre es tan injusto como exonerarlo. Lo cierto es que entre su
muerte y el fin de la URSS hubo tiempo y oportunidades para rectificar.
Faltó valentía y audacia política y altura para asumir los retos del
cambio. Las elites y la burocracia instalada en el poder no son suicidas
y las de la Unión Soviética no eran una excepción.
Pese a todo, las ideas socialistas
siguen vigentes y las oportunidades están abiertas. Chávez avanza con un
Socialismo cristiano y bolivariano y Correa plantea una revolución
ciudadana, Cuba se mira hacía adentro y relanza un proyecto ya
consolidado y la idea de un socialismo indigenista puede ser retomada,
opciones no faltan.
El socialismo que no es cosa del pasado
sino, del porvenir, puede crecer en ambientes en el que convivan todas
las formas de propiedad, la ética y la moral cristianas, los derechos
ciudadanos, incluso fuertes dosis de liberalismo económico.
Lo que está probado es que no admite es el dogmatismo, la exclusividad ideológica y la burocratización.
II
CERRAR EL PARÉNTESIS
Al plantearse un
socialismo para el siglo XXI, Chávez sintoniza las tareas inmediatas de
la Revolución Bolivariana con una estrategia de largo aliento. La
vanguardia ecuatoriana hace lo mismo con su Revolución Ciudadana y en
Bolivia se libra una batalla que al sumar y movilizar las
potencialidades de los pueblos originarios, puede trascender el poder
político inmediato e incluso las fronteras nacionales.
En realidad, no podía ser de otra manera. El inmovilismo disfrazado de estabilidad es la opción conservadora de la «entente cordial»,
que sostiene a la oligarquía latinoamericana; mientras que los
representantes populares no tienen otra opción que proyectarse. Al menos
en el sentido ideológico y político, el pasado es un referente, no un
paradigma; un legado no un programa.
En tiempos de Carlos Marx, también
existía un pasado socialista que formó parte de su herencia cultural y
que tal vez lo inspiró, pero no podía servirle de modelo. Aunque
pudieran haberlo hecho, no fueron Hugo Chávez, Rafael Correa ni Evo
Morales, sino Carlos Marx quien, en el «XVIII Brumario de Luis Bonaparte», examinando un momento de cambio en la sociedad francesa, sentenció que: “La revolución social…no puede sacar su poesía del pasado…”
El fondo de la problemática actual es
que, como mismo les ocurrió a los europeos en la posguerra, la lucha
contra la pobreza y el bienestar de las mayorías que, en el caso de
América Latina incluye la eliminación del subdesarrollo y el fin de la
dependencia, implica la adopción de un modelo de progreso global que al
sumar a las mayorías y movilizar los principales recursos del país,
conduce a enfoques de socialistas.
Un cometido de tal naturaleza, incluye
la democratización de sociedades hasta ahora regidas por Estados
esencialmente autoritarios y gobernadas mediante sistemas políticos
controlados por las oligarquías y las burguesías nativas, dependientes
del capital transnacional y políticamente sometidas a la hegemonía
norteamericana.
Para alcanzar ese cometido no basta con
sustituir gobernantes e intentar hacer que las instituciones
tradicionales, controladas por elementos afines a las elites dominantes,
funcionen con criterios nuevos, cosa imposible dado la enconada
resistencia de las clases a las que es preciso derrotar, reforzadas por
un poderoso respaldo externo.
Los líderes que promueven el cambio en
América Latina, están en el camino de hilvanar un discurso político
honesto y popular, con la suficiente flexibilidad y capacidad de
convocatoria como para atraer a la parte de la población que medra en la
periferia de las elites gobernantes y aquellos que dominados por
temores y prejuicios temen al cambio y lograr un consenso nacional, no
sólo mayoritario, sino permanente.
De ese modo podrán, como ya lo hacen,
paralizar y desarmar la contrarrevolución interna, neutralizar el poder
mediático, lidiar con las autoridades judiciales y electorales y sumar a
sectores que en el pasado fueron sostén de la oligarquía como son las
fuerzas armadas, los cuerpos policíacos, los órganos de seguridad y la
burocracia estatal, sin descuidar al sector académico, la
intelectualidad, así como la jerarquía eclesiástica.
La revolución latinoamericana en marcha
no ha necesitado contraer compromisos doctrinarios ni colorearse
políticamente pues de lo que se trata es de un empeño por modernizar y
democratizar las respectivas sociedades y poner fin al elitismo en la
política, dejando definitivamente atrás la exclusión de las mayorías.
El socialismo eurosoviético fue un
proyecto en cuyo enfrentamiento el imperialismo, la reacción y las
oligarquías se emplearon a fondo durante casi un siglo y en torno al
cual, valiéndose de tácticas de guerra sicológica y de manipulación de
las mentes, exacerbaron las pasiones y crearon prejuicios que de alguna
manera fueron incorporados a la cultura y a las estructuras ideológicas
de las sociedades contemporáneas.
Al proyectarse hacía el futuro y buscar
en las ideas socialistas más puras y originales los argumentos y las
herramientas para formular los programas políticos avanzados de que son
ponentes, las actuales vanguardias latinoamericanas evidencian talento y
madurez.
El conocimiento de la fallida experiencia del Socialismo Real,
con la cual los actuales liderazgos no tuvieron relación ni compromiso
alguno, más que un paréntesis, es parte del difícil aprendizaje,
imprescindible para acometer con ópticas propias y métodos actualizados
las transformaciones estructurales que se requieren para construir,
desde la realidad actual, sociedades modernas, progresistas y justas.
El Socialismo del siglo XXI no es otra puesta en escena. Es un estreno.
III
EL SOCIALISMO DEL FUTURO
Tiempo atrás, en un debate político, un circunstante acudió a un argumento en el que los demás no habíamos reparado:
“¿Alguna vez han
escuchado a Fidel Castro criticar a la izquierda? Él nada más critica a
la derecha. Les digo más - insistió - prefiere términos como
revolucionario, patriota, pueblo, masa y otros parecidos. Raras veces
acude a los conceptos de la jerga sectaria. Fidel sabe que las palabras
unen”.
Desde
entonces, siempre que puedo, al reflexionar sobre la unidad, acudo a la
naturaleza integradora de las categorías de patriota y revolucionario,
la de izquierda que no es tan mala, desune y las cosas se complican
cuando ser materialista o idealista, creyente o ateo, marxista o no, más
que diferencia, significa confrontación.
En los años noventa, cuando la caída de
la Unión Soviética además de los dramáticos problemas materiales y
políticos a escala del proceso revolucionario, generaba enormes
tensiones morales en los militantes que asistíamos a la caída de
referentes teóricos y de paradigmas ideológicos, especulamos acerca de
que quizás, del desastre surgiría un punto de partida.
Para quienes asumimos que las ideas de
Carlos Marx no habían muerto como no mueren las de Freud, Newton o
Einstein porque la ciencia carece de colores y la verdad es siempre
concreta; toda la izquierda es de algún modo socialista y todos los
socialistas son, de alguna manera, marxistas.
La tesis es fácilmente verificable, dado
que el pasado marxista de la socialdemocracia y del movimiento
socialcristiano está solidamente documentado. Todos los socialistas,
reformistas o radicales, le deben algo a Marx, como mismo le debemos a
Adam Smith y a Keynes. Los sociólogos y economistas de cualquier
corriente son naturalmente una combinación de marxista y liberales. Marx
lo mismo puede ser asumido como el último economista clásico que como
el primero marxista.
No es inconsecuencia, es dialéctica.
La Iglesia también bebió de las fuentes
del marxismo, como lo hizo Marx de las enseñanzas de todos los grandes
sistemas teológicos. León XIII, sociológicamente hablando, el más
brillante de los Papas y el único que fue contemporáneo con Marx,
sacudió la costra medieval de la Iglesia, dio organicidad a la doctrina
social del catolicismo, organizó a los laicos e impulsó las
organizaciones políticas, obreras y estudiantiles de inspiración
cristiana y permitió la creación de los partidos socialcristianos. La
encíclica «Rerum Novarum», es a la teología lo que «El Capital» es a la Economía.
La oposición entre marxistas y
socialistas, es un fenómeno del siglo XX, un asunto lamentable más que
un triunfo político, un proceso derivado de las posiciones políticas más
que de las preferencias doctrinarias.
La única tarea organizativa ligada a la
política emprendida por Carlos Marx y a la que dedicó alrededor de cinco
años, fue el más plural, diverso y coherente de los proyectos
internacionales formulados por los socialistas de todos los tiempos: la Organización Internacional de Trabajadores,
proceso que encabezó y al que sumó a importantes representantes de la
intelectualidad de la época, identificados por la critica a la
despiadada explotación del capitalismo de entonces.
En esa época, cuando los partidos
políticos y los sindicatos daban los primeros pasos y la teoría
revolucionaria que se gestaba por medio del debate intenso, fecundo y
plural y, en lugar de separar unía, Marx fue uno de los catalizadores
de aquel magno proyecto unitario.
En 1789 en Paris se creó la II Internacional, que no era ya una organización obrera sino política y que no pudo evadir los avatares de esa condición.
La actitud ante la Primera Guerra
Mundial marcó la diferencia y con el triunfo bolchevique, el auge de la
contrarrevolución, la agresión extranjera y la falta de solidaridad de
los partidos socialdemócratas europeos, las diferencias entre
socialistas y comunistas, se volvieron insalvables.
La obligada radicalización de la
Revolución Rusa, las deformaciones del stalinismo, las tensiones de la
lucha antifascista y las diferencias acerca de cómo proceder en los
países de Europa Oriental, crearon un abismo que duró hasta la
desaparición de la Unión Soviética.
El trauma que en la izquierda provocó la
derrota del modelo socialista eurosoviético, el auge del neoliberalismo
y la pretensión de los países imperiales encabezados por Estados
Unidos, que intenta aprovechar la globalización, relanza la idea de un
movimiento de izquierda plural, que avance con la riqueza y la
diversidad que emana de las diferentes enfoques y proyectos nacionales
para confluir en una zona común, donde tiene lugar la confrontación con
la hegemonía imperial y sus nefastas consecuencias.
Tal vez de la mano de nuevos liderazgos
sin compromisos doctrinarios ni pasado sectario, comprometidos con la
lucha por el desarrollo y contra la pobreza, la exclusión y el
sometimiento se pueda transitar hacía una nueva etapa.
Es probable que de Chávez, Correa, Evo,
incluso Lula y hasta la pareja del momento que gobierna en Argentina,
venga una unidad que no es necesariamente orgánica ni ideológica, sino
programática y que permitiría, construir una plataforma de ancha base en
la que caben todos los que creen que un mundo mejor es posible.
Relanzar el socialismo y proyectarlo en
el siglo XXI significa asumirlo como un camino y no como un destino. No
se trata a donde se llega, sino hacía donde se avanza.
“Amarnos -, decía el poeta - no es mirarnos unos a otros, sino mirar en la misma dirección.”
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Jorge Gómez Barata Profesor, investigador y periodista cubano, autor de numerosos estudios sobre EEUU.
Altercom Agencia de Prensa de Ecuador. Comunicación para la Libertad.
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